Francisco Páez, La historia detrás de mi ruana

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Soy Francisco Javier Páez Becerra, tengo 42 años y soy psicólogo. En los últimos años he sido profesor universitario.

En la universidad y particularmente en mi oficina, se siente el típico cambio de temperatura en Bogotá, sobre todo cuando hace frío.  Acostumbro llegar muy temprano a trabajar, cuando el frío pega duro. Hace un buen tiempo decidí llevar una ruana a la universidad para usarla mientras sube la temperatura.

Poco a poco, las personas que hacían la vigilancia en la facultad y los estudiantes que buscaban alguna orientación por parte de un profesor me buscaban y como dato de referencia indicaban: “vaya y hable con el profesor de la ruana”. Mas que una ruana, se trata de un poncho argentino. Es un regalo que recibí hace más de 20 años.

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El año 93, del siglo pasado (heheheh), era mi segundo año viviendo en Chile.  Yo vivía en una casa para estudiantes. La pasábamos muy bien entre los estudios universitarios y un trabajo social de acompañamiento a comunidades de obreros, madres cabeza de familia, abuelos que cuidaban a sus nietos que vivían en la periferia de Santiago de Chile.

En invierno, las cosas se ponían más difíciles. Yo iba de un país tropical. El frío del invierno era fuerte y yo no tenía ropa adecuada. Uno de los compañeros de residencia venía de Argentina y tenía un poncho negro de lana de alpaca con diseños tradicionales tejidos en hilos blancos. Una tarde del lluvioso mes de julio, este compañero argentino y yo debíamos realizar unas actividades de formación con jóvenes adolescentes. Yo tenía toda mi ropa de invierno mojada. Él me ofreció su poncho para que yo me abrigara durante la actividad. Al regresar a casa me regaló el poncho. Me dijo que lo guardara como un recordatorio de que nada puede impedir que las personas, y especialmente la juventud, sean atendidas y acompañadas. Varios años después regresé a Colombia. El poncho argentino venía bien empacado en mi maleta.

Por esa época, el sistema de correo entre los países no era muy efectivo y así perdí todo contacto con muchas personas, incluido este compañero argentino. Me quedó un poncho y su enseñanza: “nada puede impedir que la juventud sea acompañada”. Un mensaje que recuerdo en las frías mañanas cuando llego a atender a los jóvenes estudiantes de la Universidad.

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